Por Natasha Estanga Monserratty
Hay una forma de creación que no se nombra lo suficiente, No es la que se exhibe en museos, ni la que se legitima en discursos críticos. Es una creación más silenciosa, más íntima, pero no por ello menos trascendental: la que ocurre en el cuerpo de la mujer y se extiende hacia la construcción de lo visible…Crear una familia y crear una obra no son actos separados, son manifestaciones de una misma pulsión: la de dar forma a lo que aún no existe.
En el pensamiento occidental, hemos aprendido a separar lo biológico de lo intelectual, lo doméstico de lo artístico, lo femenino de lo monumental. Sin embargo, esta división resulta artificial cuando se observa con detenimiento el origen de toda creación: una fuerza que organiza, que sostiene, que transforma. El cuerpo de la mujer es, en sí mismo, un espacio curatorial, Allí se gesta la vida no como idea, sino como materia en proceso. Un ser humano no aparece de manera instantánea; se construye capa por capa, célula por célula, en una temporalidad que recuerda a la acumulación pictórica. Hay ritmo, hay espera, hay transformación invisible, La pintura, cuando se asume desde la materia, opera de forma similar, El gesto no es inmediato ni superficial. La obra no se limita a una imagen, sino que se edifica. Cada capa de pigmento, cada irregularidad en la superficie, cada decisión de dejar visible lo imperfecto, habla de un proceso que no busca ocultar su origen.
Hay una ética en la materia… Una ética que se resiste a la velocidad, a la reproducción, a la limpieza excesiva. Así como la creación de la vida deja huellas en el cuerpo, la creación artística deja rastros en la superficie. Ambas son testimonio de tiempo, de entrega, de transformación real, en este sentido, el color no es únicamente un recurso estético…. Ess una completa extensión del ser, de lo que somos y en lo que nos convertimos!
La mujer que crea ya sea un hijo, una familia o una obra visual no está simplemente produciendo algo externo a sí misma. Está traduciendo una experiencia interna hacia el mundo. El color se convierte entonces en lenguaje emocional, en memoria, en vibración contenida, Y, sin embargo, esta dimensión suele pasar desapercibida, se celebra la obra terminada, pero rara vez se contempla el acto profundo de sostener procesos. Se reconoce la imagen, pero no siempre la energía que la hizo posible, esta invisibilización es aún más evidente: se espera que cree vida, que sostenga vínculos, que organice mundos, sin necesariamente reconocer la magnitud estética y espiritual de ese acto, el agotamiento del proceso, el desespero, la frustración y sobre todo… la inmensa felicidad de la culminación, es un montaña rusa difícil de llevar!
Crear es, en esencia, participar en el gesto original de Dios…No como imitación, sino como continuidad.
Hay algo profundamente sagrado en tomar materia, sea carne o pigmento y conducirla hacia una forma que antes no existía. Es un acto de fe, de intuición, de amor sostenido en el tiempo. No todo proceso creativo es visible, ni inmediato, ni espectacular. Pero eso no lo hace menor. Al contrario, lo sitúa en un lugar más profundo, el dolor se recuerda, el proceso creativo difícil es el que más educa.
La familia, en este contexto, también puede entenderse como una obra en construcción, No como estructura rígida, sino como composición viva. Un espacio donde convergen afectos, tensiones, aprendizajes y cuidados. Donde cada gesto cotidiano suma una capa más a una totalidad que nunca está completamente terminada.
Así como en la pintura matérica, lo importante no es solo el resultado, sino la densidad del proceso: Hay belleza en lo que no es perfecto y Hay verdad en lo que muestra sus marcas, fusionar el ser mujer con la creación de color es, entonces, reconocer que el acto artístico no comienza en el lienzo. Comienza en la capacidad de percibir, de sentir, de sostener y de transformar.
No toda obra se cuelga en una pared.
No toda creación busca ser vista.
Pero ambas la vida y la pintura comparten un mismo origen:
la necesidad de hacer visible lo invisible, Y en ese gesto, silencioso pero radical, habita la verdadera profundidad del arte, la verdadera razón del Ser.
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